Dicen que el silencio absoluto no existe, que aunque te encierres en una cámara blindada
e insonorizada, aunque dejes de respirar, no habría silencio absoluto.
Que escucharías la sangre correr por tus venas, el palpitar de tu corazón, cada silencio,
que no es otro que la mismísima muerte.
Él era su muerte.
El que podía hacer que dejase de respirar tan solo con un parpadeo, una mirada, un delicado
roce, un beso, un suspiro.
Ella le dio su corazón, dándole la oportunidad de matarlo si quisiera; y así lo hizo.
El problema vino después, cuando él se dio cuenta de que estaba muriendo también, porque
ella le llevaba dentro.
La muerte está tan segura de ganar, que te da toda una vida de ventaja.
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